Perder la cordura

Tenía 25 años y vivía en Noruega desde hace un año. Trabajaba como cocinera en un bar-restaurante haciendo hamburguesas y sandwiches. Recuerdo que el bar estaba lleno y eran 8 horas de continuo trabajo. Sin descansar. Esfuerzo físico  más el plus de controlar las comandas. 

Acabé mal con el jefe. Nos metía mucha presión, exploté y me largué. Fue entonces cuando me fui unos días a Madrid porque se casaba una amiga. Apenas dormía por las noches, bebía mucho cuando salía pero no me sentía cansada. Sentía una energía brutal.

Durante la despedida de soltera nos fuimos a una casa rural varias chicas. No conocía a casi nadie y eran muy frecuentes las preguntas acerca de mi vida: ¿Porqué estás de cocinera después de estudiar periodismo? ¿Seguro que estás bien en Noruega con todo el frío que hace? Preguntas que por aquel entonces, al no tener claro qué hacía con mi vida, no sabía bien cómo contestar. En la despedida no dormí nada y lloré delante de mis amigas. Me encontraba bastante mal. Me quise ir antes y mi amiga, la que se casaba me acompañó a la estación de tren. 

Volví a Madrid. Estar con mis padres no mejoró la situación. Seguía sin dormir, pensaba cosas muy raras y mi energía estaba por las nubes. Fue entonces cuando me llevaron a un psiquiatra. Pensaba cosas como que era pederasta, que me observaban desde la televisión y me agobiaba ir a la boda y encontrarme con gente que no quería. Seguía sin pegar ojo por las noches y cuando parecía que sí, me despertaba de un sobresalto.

Al final no pude ir a la boda. Tuve que apagar el teléfono y descansar. Pero seguía sin poder dormir, ni siquiera con lorazepam. Mis amigas llamaban a casa de mis padres para ver cómo estaba, qué me pasaba y qué medicación tomaba. Mi madre les dijo que necesitaba descansar y que me dejaran tranquila. 

La medicación no me hacía efecto. Me habían diagnosticado depresión y ansiedad. Ya llevaba 7 días sin poder dormir nada. Mis padres decidieron llevarme a otro psiquiatra. El químico, le llamaban.

Me diagnosticó trastorno bipolar. Y me mandó muchas pastillas. Me recomendó reposo. Hizo efecto y conseguí dormir. Poco a poco fui volviendo del sueño en el que parecía que me había sumido. Pero ya nunca volvería a ser la misma. Había perdido la cordura. Me habían diagnosticado una enfermedad mental. Se acabó el alcohol. Trasnochar. Ahora debía de cuidarme. Mi madre comenzó a estar más encima mía. 

Volví a Noruega. Volví a trabajar en cocina. Hice nuevos amigos. Me alejé de mis antiguas amigas. Seguí estudiando diseño. Hablaba de vez en cuando con el psiquiatra. La medicación siempre presente. La calma duró apenas un año. El siguiente episodio lo recuerdo menos intenso pero más continuado. Una especie de depresión constante. Intermitente. Con épocas mejores y peores. Pero nunca conseguía volver a ser la de antes. 5 años así.

Hasta que toqué fondo. Esa depresión tenue se convirtió de pronto en una masa negra que no dejaba que avanzara. Me paralizó. Sonreía por fuera, por dentro lo único que quería era desaparecer. Volver a mi habitación, tumbarme en la cama y llorar. Sentía rabia, estaba furiosa. No quería hacerle daño a los que me rodeaban, pero de veras deseaba morir. Cada día que abría los ojos después de dormir sentía un vacío tremendo. Miedo. El día se me hacía eterno. No tenía ganas de comer. No pensaba con claridad. No podía prestar atención. La memoria no me funcionaba. Me costaba hablar, expresarme. No quería cuidarme ni sentirme guapa. Lo único que quería era prolongarlo a ver hasta dónde podía llegar. No actuar para acabar con la vida. Dejar que aquella masa negra lo hiciera lentamente. Pensé en la muerte muy a menudo. Y no sentía miedo. Al contrario, me daba completamente igual. 

Fue ahí cuando, gracias a mi familia y marido, fui a una nueva psiquiatra. Ella me hizo unas pruebas y apenas tuvo que hablar mucho conmigo para darse cuenta de que estaba completamente rota. 

Llevo un año y medio trabajando con ella. Y estoy muchísimo mejor. Es complicado decir que vuelvo a ser la de antes, porque eso nunca va a pasar. Pero puedo decir con total claridad que tengo ganas de vivir. Que disfruto de la vida. Y que ya no sufro constantemente.  

Publicado por Colores

Hola. Bienvenido. Bienvenida a mi mundo. Sea quien seas. Abre la puerta y siéntate. rebusca dónde quieras, espía y detente en lo que más te interese. Soy una mujer de 33 años. Me diagnosticaron trastorno bipolar cuando apenas tenía 25 años. Ahora dicen que es trastorno límite de la personalidad. Sea lo que sea. Ahí está. Constantemente. Intermitentemente. Recordándome que todo está más o menos bien. Recordándome que todo puede romperse de un momento a otro.

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